El Capitán Willard es un oficial de los servicios de inteligencia del ejército estadounidense al que se le ha encomendado en Camboya la peligrosa misión de eliminar a Kurtz, un coronel renegado que se ha vuelto loco. En el corazón de la selva, en un campamento sembrado de cabezas cortadas y cadáveres putrefactos, la enorme y enigmática figura de Kurtz reina como un buda despótico sobre los miembros de la tribu Montagnard, que le adoran como a un dios.
Una de las mejores películas bélicas que han pasado por mis ojos, aunque soy consciente de que a más de uno se le pueden atragantar sus casi dos horas y media de metraje. A nivel técnico es una obra impecable —algo admirable teniendo en cuenta la época en la que se filmó— y el desfile de actuaciones memorables concentradas en una sola cinta es sencillamente espectacular, todo coronado por una banda sonora maravillosa que le pone la guinda al pastel; una joya que seguro conmoverá a cualquier amante del cine de guerra.
Aunque no soy fanático de las películas de guerra, esta es mucho más que un simple film bélico. Es una poderosa representación de cómo los horrores de la guerra agudizan los conflictos internos del alma humana, alterando nuestra percepción de la realidad. No es de ritmo rápido, pero su gran alcance y sus espléndidas imágenes de gran magnetismo visual son innegables. Momentos de espectacularidad visual se intercalan con escenas oscuras y sombrías. Es una verdadera sinfonía del horror que, a pesar de mostrarlo, nunca llega a ser insoportablemente angustiosa. Se mantiene realista y cruda, sin retórica, destilando reflexiones profundas.
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