Nueva York, 1972. Charlie (Harvey Keitel), un joven de 27 años que vive en un barrio conflictivo, se ve constantemente obligado a enfrentarse con golfos y matones. Poco a poco, su vida se convertirá en una olla a presión de la que será imposible escapar.
Tenía muchas ganas de ver el primer gran éxito de Martin Scorsese, pero mientras la disfrutaba me encontré con un trago amargo: el segundo acto de la historia del gánster Charlie y su amigo impredecible Johnny Boy —interpretado por un De Niro brillante— flaquea bastante. El contraste entre la fuerza del primer y tercer acto frente a la debilidad de la parte media es tan marcado que termina dejando una sensación general mediocre. Eso sí, el salto cualitativo en la dirección es innegable: los movimientos de cámara y el trabajo con los actores muestran a un Scorsese infinitamente superior al de sus trabajos anteriores.
El trabajo más tedioso que he visto del director Martin Scorsese. La narrativa se pierde en un desfile de personajes despreciables que no logran generar la menor empatía, saltando de una escena a otra de forma inconexa y sin construir nunca una verdadera tensión dramática. Es una lástima, porque aunque el elenco entrega actuaciones de gran nivel y se percibe claramente la semilla técnica que luego perfeccionarían directores como Tarantino o Ritchie, la película carece de una estructura sólida que sostenga el interés del espectador.
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